martes, 28 de abril de 2015

Café convertido en biocombustible


Un estudio impulsado por el Centro de Tecnologías Químicas Sostenibles de la Universidad de Bath establece que es posible utilizar residuos molidos de café para obtener biodiésel.

 La idea, según describe un equipo de investigadores en la revista ACS Journal Energy & Fuels, es remojar el producto en un solvente orgánico especial antes de aplicar un proceso denominado transesterificación, que se viene usando en la obtención de combustibles de origen vegetal. 




Estos expertos apuntan que de este modo es posible conseguir un compuesto oleoso con propiedades similares al que se produce a partir de las plantas que se cultivan exclusivamente para lograr biodiésel. La ventaja de este nuevo sistema estriba en que la materia prima es un desecho de un cultivo que previamente ya ha sido aprovechado para otro fin.



Aunque el combustible generado de este modo representaría una mínima parte en el mix energético, estos científicos creen que sería muy útil a pequeña escala, por ejemplo, para impulsar los propios vehículos de reparto de café. De hecho, estiman que una pequeña cafetería produce unos 10 kilos de los citados residuos, a partir de los cuales es posible generar dos litros de biodiésel.



El efecto de la anestesia en el clima

Un curioso estudio que acaba de ser publicado en Geophysical Research Letters advierte sobre unos “malhechores” que no se consideran cuando hablamos de cambio climático: los gases que se utilizan para anestesiar a los pacientes durante las operaciones.

Aunque su presencia en la atmósfera no se puede comparar con la del principal responsable del calentamiento global, el CO2, se han encontrado restos de sustancias narcotizantes incluso en la Antártida.




Además, su capacidad de almacenar energía procedente del sol–la causa del aumento de las temperaturas– es mucho mayor que la del CO2. Por ejemplo, un kilo de desflurano equivale, si tenemos en cuenta su potencial efecto invernadero, a 2.500 kilos de dióxido de carbono.

Los investigadores, dirigidos por Martin Vollmer, químico atmosférico de los Laboratorios Federales Suizos de Ciencia y Tecnología de los Materiales, han medido los niveles de desflurano, isoflurano, sevoflurano y halotano, que son de 0,30 partes por billon (ppb); 0,097 ppb; 0,13 ppb y 0,0092 ppb, respectivamente.

Como término de comparación, el CO2 presenta una concentración de 400 partes por millón, mil millones de veces superior a la del desflurano. El óxido nitroso, un anestésico muy usado, no se midió en el estudio debido a que existen otras fuentes de emisión aparte de los quirófanos.


Pese a su modesta contribución al calentamiento global, los expertos creen que no hay que desestimar la acción contaminante de esos gases.

Las termitas detienen el avance del desierto


Según un equipo de ecólogos y biólogos de la Universidad de Princeton, los hábitos de las termitas contribuyen a mantener a raya el avance del desierto, especialmente en los ecosistemas semiáridos y las tierras de cultivo de amplias zonas de África, Asia y Sudamérica. 




En un estudio publicado en Science, estos expertos sostienen que los nidos que construyen estos insectos hacen esas áreas más resistentes al cambio climático, pues funcionan como almacenes de nutrientes y humedad y facilitan que el agua penetre en la tierra. Como resultado, la vegetación se extiende alrededor de estas estructuras y es menos vulnerable a la desertificación.

Los terrenos áridos en los que las termitas establecen sus nidos necesitan mucha menos cantidad de lluvia para prosperar que aquellos en los que estos no existen. Es más, aunque el ensayo se ha centrado en el género Odontotermes, constituido por termitas que cultivan hongos, sus conclusiones pueden aplicarse a las demás especies de estos animales



Para Corina Tarnita, profesora de Biología evolutiva en la citada institución estadounidense, que ha participado en la investigación, los termiteros también preservan las semillas, lo que facilita que las zonas próximas se recuperen antes una vez que pasan las lluvias. “La vegetación se mantiene en buen estado más tiempo y tarda más en decaer. Donde se alzan estos nidos, los ecosistemas tienen más oportunidades de recobrarse”, 

El hogar de las cero emisiones


Imagínate una casa que, además de no emitir ni un gramo de CO2, produjera un sobrante de energía suficiente para que un coche eléctrico recorriera más de 20.000 kilómetros. Este sueño de cualquier ecologista ya existe. Se levanta en la ciudad noruega de Larvik, al sur de Oslo, y es el fruto de la colaboración de dos entidades de ese país: la firma de arquitectura Snøhetta y el Centro de Investigación de Edificios con Cero Emisiones (ZEB).


Esta vivienda unifamiliar de 200 m2 obtiene casi toda su energía de paneles y colectores solares instalados en su tejado, que se orienta al sureste y presenta una inclinación de 19 grados, para capturar tanta luz como sea posible en esa latitud. Esos parámetros pueden modificarse y aplicarse en otros edificios en función de donde se construyan y las horas en que necesiten más suministro. Energía geotermal procedente de un pozo en el terreno, materiales eficientes y una distribución que contribuye al control de la temperatura completan este proyecto, que servirá como laboratorio para aprender a construir hogares sostenibles. En esta infografía se explica cómo funciona.







París 2050: La Ciudad de la Luz...y las ecotorres


En 35 años la torre Eiffel y otros símbolos parisinos afrontarán la competencia de ocho construcciones ecológicas multiuso diseminadas por la capital francesa. Los futuros turistas admirarán estos edificios concebidos por el estudio de arquitectura Vincent Callebaut dentro del proyecto Smart City, que responde a un plan urbanístico para reducir las emisiones de CO2 y luchar contra el cambio climático. Las torres ofrecerán servicios y espacios residenciales, comerciales y de negocio, ya que concentrar funciones disminuirá los desplazamientos y el consumo de combustibles fósiles.


Los diseños, que podrían inspirar el perfil de las megaúrbes futuras, inciden en la sostenibilidad y se basan en estructuras de la naturaleza. Así, sus superficies se cubrirán de células individuales que formarán una capa electroquímica fotosensitiva que usará la luz solar para producir electricidad, y todas las edificaciones incluirán sistemas de producción y almacenamiento energético. Por ejemplo, la biofachada de las Torres Fotosíntesis generará biocombustible. La vegetación y los jardines colgantes caracterizarán estas torres que renovarán la vieja Ciudad de la Luz.“






París cambiará con estas torres -imágenes superiores de izquiera a derecha-  las Farmscrapers Towers, las Bridge Towers y las Antismog Towers –imágenes inferiores , panorama de la ciudad–, que a veces se levantarán integrándose en antiguas estructuras. Algunas de ellas son las Mountain Towers

A menos posidonia en el mar, más C02 en la atmósfera

Desde los años 60, las praderas de posidonia –hierba submarina endémica del Mediterráneo– han retrocedido entre un 13% y un 38%, lo cual es una auténtica calamidad medioambiental: la Posidonia oceánica contribuye a preservar la calidad del agua, a proteger la costa y a contrarrestar los efectos de la subida del nivel del mar, por ejemplo. Los expertos creen que estos beneficios se habrían reducido hasta un 50% en los últimos veinte años.


Un nuevo estudio internacional elaborado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), la Universitat Autònoma de Barcelona y el Oceans Institute de la Universidad de Western Australia ha puesto el foco en una de las consecuencias más graves derivadas del retroceso de la angiosperma marina. “Nuestros resultados indican que hay una importante merma en la capacidad de secuestro y almacenamiento de carbono”, explica Núria Marbà, investigadora del Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados y coautora del informe. 

Además, las zonas donde desaparece la posidonia no solo dejan de captar C02, sino que también pueden convertirse en fuentes de ese gas cuando se erosionan y liberan el carbono que la pradera había acumulado durante décadas o siglos.


 Por su parte, Pere Masqué, experto de la Universitat Autònoma de Barcelona y coautor de la investigación, recuerda que esta pérdida no es irreversible: “el área potencial disponible para llevar a cabo proyectos de replantación es enorme”.


El estudio se ha realizado en la laguna costera de Oyster Harbour, al sur de Australia Occidental, cuya población de posidonia sufrió una reducción muy importante entre los años 60 y finales de los 80. A partir de 1994, la pradera volvió a crecer, en buena parte por replantaciones. Mediante la datación de los sedimentos, los expertos han medido la acumulación de carbono en las zonas repobladas y su erosión en las zonas sin recolonizar.

Descubren restos químicos de lociones y cremas en la Antártida

Hasta ahora se pensaba que los restos químicos de lociones, cremas u otro tipo de productos de belleza similares, se degradaban con el tiempo y acababan dispersándose en la atmósfera. Ahora, el hallazgo de pequeñas cantidades de metilsiloxanos cíclicos volátiles en muestras de suelo, plantas y también en kril y fitoplancton en diversos lugares de la Antártida por un equipo de científicos del CSIC, prueba que esto no es así.

El equipo del CSIC, que ha publicado su estudio en la revista Environmental Science and Technology, descubrió esta sustancia química en 2009 en muestras tomadas en la zona de los Pirineos y entonces se preguntaron si era posible que estos restos hubiesen alcanzado lugares más remotos como la Antártida. 




Una expedición partió y recogió muestras de una docena de localizaciones diferentes del continente antártico utilizando técnicas de cromatografía de gases que revelaron finalmente la presencia de al menos tres tipos de sustancias químicas, abreviadas como D4, D5 y D6. Lo más llamativo no solo fue su hallazgo sino que los niveles encontrados eran comparables a los de las muestras tomadas en Europa y América del Norte.



¿Cómo han llegado estas sustancias a un paraje tan lejano? La hipótesis que manejan los científicos se basa en que tras la evaporación, estos restos permanecieron en la atmósfera donde pudieron haberse mezclado con la precipitación de nieve. Al derretirse la nieve en la tierra, los productos volvieron al suelo, pudiendo alcanzar de nuevo plantas, al mar, o asimilados por el fitoplancton.

¿Supone esto un riesgo para el medio ambiente? Los investigadores creen que no pero esta respuesta se basa, al menos de momento, en el desconocimiento sobre el impacto de estos productos químicos en el medio ambiente.